LA MONDA Y EL TRANSPORTE

Cuando llegaba la temporá, Torrox cambiaba y se convertía en un pueblo diferente. Se podían oír los relinchos y los rebuznos de las caballerías cargadas cada una con dos haces de cañas, a los que con un desprecio olímpico de la matemática llamábamos tercios,  que formaban los acarretos en su desfile incesante camino de la Fábrica. Y el repiqueteo rítmico y acompasado producido por el hierro de las herraduras de las bestias contra las piedras de las calles y los casi siempre destemplados vozarrones de los arrieros…

Javier Núñez Yáñez,

La caja de los hilos, 1998

Azucarera Hispania, Málaga. Foto: CTI Universidad de Málaga

La industria azucarera era la principal actividad de la comarca axarqueña. Familias enteras subsistían de este pujante sector con el cultivo de la caña doradilla que era la que aquí se cultivaba; transportando cañas a los ingenios; fabricando azúcar, o indirectamente, vendiendo accesorios necesarios. Con la primavera llegaba la frenética actividad de la zafra o recogida de la caña, conocida en estos parajes como la monda porque el que iba a ella, volvía mondao. Tal era la dureza de este trabajo.

El trabajo se hacía durante los meses de marzo, abril y mayo, a veces se alargaba hasta junio. La zafra ocasionaba grandes desplazamientos de personas y animales de carga (mulos y asnos) desde los pueblos malagueños del interior y de las provincias cercanas hasta las costas para participar en la recolección de la caña.

La monda consistía en cortar y pelar las cañas en la misma vega, de donde se retiraban por los acarretos que las sacaban limpias en haces de 10 a 12 arrobas cargados de dos en dos sobre las bestias.

Monderos. Foto Jose Martinez Oppelt

Monderos en la recolección de la caña, sometida anteriormente al fuego

La colonia Santa Amalia

Muchas fincas del valle del Guadalhorce se vendieron y la Colonia Santa Amalia la compró en 1875 Carlos Larios, marqués de Guadiaro, que la reconvirtió para el cultivo de la caña de azúcar con el objetivo de poder surtir de materia prima a las fábricas de su poderosa familia.

Colonia de Santa Amalia

La monda o zafra

Tarea dura que se hacía a destajo de sol a sol. Al alba salían las cuadrillas que, hachuela o hazadón en mano, comenzaban la recolección de la caña. Durante tres meses sus vidas transcurrían entre cañaverales, trabajando hasta la extenuación en uno de los quehaceres más sacrificados, arduos y amargos que se conocen. Cada monda o grupo contaba con los miembros siguientes: capataz, cortadores, arrumbadores y mujeres. Era común la participación de niños.

Foto de José Padial

Monderos cargando un camión

Los acarretos sacaban las cañas desde las hazas a los cargaderos en donde los camiones se cargaban por equipos de 3 o 4 personas y de aquí se transportaban las cañas a la fábrica asignada según el contrato previo entre la fábrica y el agricultor, realizado a veces por un intermediario.

Mujer mondera

El trabajo de la mujer en las hazas era el de limpiar las cañas de los cabos y de las brozas. También era fundamental su trabajo en el apero preparando las comidas de su grupo y desplazándose para realizar la compra. Se protegían del sol con un amplio sombrero y envolvían con telas el cuello, cara, brazos y manos para defenderse de los cortes que provocaban las hojas de las cañas. A veces también daban una nota de color enseñando los refajos de colores vivos componiendo una viva estampa.

Foto de José Martínez Oppelt

El transporte de la caña a la fábrica

Las cañas una vez cortadas pierden contenido en sacarosa por lo que su transporte a la fábrica debe hacerse cuanto antes. Se hacía en todo tipo de medios, desde las primitivas reatas de bestias de carga compuestas de burros y mulos que iban deprisa para poder llevar mayor cantidad de cañas al cabo del día. Lo normal era transportar las cañas en carros o en camiones.

Foto de José Padial

Apero de Frigiliana

La vida dura de los monderos, que venían acompañados de mujeres e hijos, se completaba con su alojamiento de mala calidad en las afueras de los pueblos, en los llamados aperos que eran grandes edificios donde paraban las familias y las bestias. Las grandes salas se separaban por cortinas simulando habitaciones distintas. Durante la noche los monderos cuidaban las bestias en los establos y preparaban aparejos, cordelería, etc., para las tareas del día siguiente.

La llegada a las fábricas

En la primavera de la costa era común ver las caravanas de camiones que llevaban por las carreteras sus cargas de caña hacia las fábricas para su transformación en azúcar. La concentración de carros de todo tipo y vehículos en un tiempo en que se concentraba la zafra y el proceso de fabricación en pocos días, hacía a veces larga la espera para poder descargar por las colas de cosecheros que se dirigían a las fábricas.

Foto de José Martínez Oppelt

La plaza de cañas

Era el espacio central no edificado de la fábrica que ejercía de distribuidor de gentes y materias primas. A las plazas llegaban las cargas de caña o de remolacha que se transformaba en el interior. Aquí se procedía a la descarga y pesaje de la materia prima, acumulándose una gran cantidad de hombres y bestias de carga antes de que las cañas pasasen a los cortacañas y los molinos.

Foto de José Martínez Oppelt

Puente grúa de Torre del Mar

Las fábricas fueron introduciendo sistemas de mejora en los modos de recepción de la caña para agilizar el proceso de análisis y descarga de la materia prima. En los años de la posguerra la propia fábrica de Torre del Mar acometió la construcción de tecnología bastante avanzada. Esto se hizo con la implantación de una fundición y talleres en la propia fábrica. Fue en estos años cuando se construyó el puente-grúa tan característico de esta empresa y la mesa de alimentación de las cañas para el conductor de entrada a los molinos.

Foto cedida por Juan Benítez

Laboratorio de la fábrica

A las cañas procedentes del campo se les hacía un estricto control de calidad. Las cañas se inspeccionaban para definir sus características de calidad, riqueza en sacarosa, proporción de fibra, nivel de impurezas, etc. Después la materia prima se pesaba y descargaba para pasarla a la fábrica para su transformación. Mediante grúas se depositaba la caña para quitarle la tierra y otras adherencias sobre las mesas de lavado que alimentaban las cintas o transportadores donde estaban dispuestas las máquinas picadoras.

Foto: Revista Triunfo, 1967

Las tareas de la monda

La tarea de la monda consistía en cortar y pelar las cañas y se hacía por un equipo que tenía un grupo de personas: El capataz, que era el responsable y decidía el día, la hora y el haza donde comenzar la zafra; también se ocupaba del avituallamiento del personal a su cargo. Los cortadores, que, equipados con hachas finas de ancha hoja, cortaban las cañas a ras de suelo para favorecer la fuerza de los nuevos brotes de la planta. Los arrumbadores, que retiraban a brazadas las cañas cortadas, depositándolas en hileras. Las mujeres separaban las hojas y cabos de las cañas, dejándolas limpias de brozas. Los cabos servían para la alimentación de los animales y la broza se utilizaba como lecho de los ganados y acababa transformada en estiércol.

Por último, grupos de chavales quemaban los restos y, tiznados, recogían con espuertas los tizos turrillos.

Después continuaban el trabajo los acarretos, encargados de retirar las cañas limpias con sus bestias y sacarlas a los cargaderos donde eran transportadas a las fábricas por carros o camiones.